martes, 30 de junio de 2009

EL PUEBLO


Hoy tenía ganas de escribir pero no sabía sobre qué hacerlo, así que me dejé llevar por Melpómene y Erato, que hicieron una mezcolanza rara. Ahí les dejo lo que éstas musas me inspiraron; se trataría de la descripción que un niño de la primera mitad del siglo XX haría de su pueblo. Espero que no me lo tengan en cuenta.

El Pueblo

En un abierto valle, de albas montañas en invierno y verdes prados en primavera, en ese valle se asienta mi pueblo. No es un pueblo cualquiera, pues tiene alcalde, iglesia y también policía. Hay una gran plaza con una fuente grande y hermosa en el centro, de la que sale agua fresca en verano y helada en invierno. Pero tiene algo más que no todos los pueblos tienen y eso no se puede negar, mi pueblo tiene teléfono. Un bonito teléfono negro, con un disquete para poner los dedos y llamar a quien tenga otro teléfono. Claro que en mi pueblo no hay nadie que tenga teléfono, ni siquiera Don Rufino, el que tiene más dinero de la vecindad, pues cuesta mucho poner uno de esos y no siempre se lo ponen a quien lo pide. Así que nuestro teléfono está para llamar a otros pueblos o a la ciudad, dónde me han dicho que allí hay gente con tanto dinero que tienen teléfono en su propia casa. ¡Ay, algún día iré a la gran ciudad y la conoceré! Sé que iré alguna vez y entonces en el pueblo dirán:
--. ¡Mira! ¡Ahí va el señorito! ¿Pues no dicen que ha estado en la ciudad? ¡Caray, que suerte tiene! No todos podemos ir a la ciudad.
Y yo les diré que no tiene tanta importancia y que me quedo mejor en nuestro pueblo, pues es más bonito.
Nuestro teléfono está en el Ayuntamiento, pues por eso lo ha pagado el cabildo, que es el único que realmente puede. Y al lado del teléfono han puesto un alguacilillo, como en la plaza de toros de Zamora, que está siempre pendiente por si alguien llama y entonces contesta y corre a avisar al vecino al que alguien llamó. Quién sabe si desde otro pueblo o desde la ciudad o ¡Vete a saber... desde el extranjero!
Cómo dije, mi pueblo también tiene iglesia. Una bonita iglesia con campanario, un alto campanario en el que por san Blas vienen las cigüeñas a anidar. Un campanario que toca los domingos a misa, y bueno, todos los días, porque hay que justificarse ante el Señor todos los días. Pero también toca a muertos y a tormentas, y cuando nos llama el párroco y no está el pregonero. El párroco es un ancianito y un buen hombre, a mi hermano y a mí nos da a veces pan con miel cuando le llevamos algún encargo que le ha hecho a madre, como huevos, leche o vino. El vino de misa se lo compra a un lugareño que hay en el camino hacia San Toribio de Puentales, un pueblo, no tan “bonitico” como el nuestro, y que está a quince kilómetros de aquí. Dicen los viejos, que la iglesia de nuestro municipio es muy antigua, que ya en tiempos del abuelo de don Venancio, el viejo más reviejo del pueblo, ya era antigua. Se entra por una puerta con lo “más alto” en redondo, arco, que dice el maestro, pero yo siempre he pensado que un arco es aquello con lo que cazaban antes y que eso no se me parece a un arco. Pero en fin, cuando entras ves al fondo el altar delante una bonita cruz con el cristo padeciendo y que está hecha en madera. Al lado tiene una Madre de Dios bien hermosa y bonita, que está sufriendo por la muerte de su santo hijo. Todos en el pueblo, incluso doña Celestina, la vieja avara, le ponen velitas y cirios al Santo Cristo, y cuando llega Semana Santa es un delirio, pues no hay sitio donde poner las velas.
Una vez, cuentan por el pueblo, que vino una joven forastera a confesarse a nuestra iglesia y que el padre José, que era mucho más joven que ahora, la hizo pasar a la sacristía y que allí estuvieron un buen ratito. Yo no entiendo que pensaban las malas lenguas, pero resultó ser que era sobrina del cuñado del Tío Paco, aquél que se fue a vivir a Villa Nuño, y que estaba allí por encargo de éste, ya que el Tío Paco estaba muy enfermo y le había pedido que los viáticos y la extremaunción se la diera el padre José, puesto que en sus años mozos habían sido muy amigos.
Así es mi pueblo, chismoso y malpensado, todos viven pendientes de lo que hace el vecino, y el vecino pendiente de lo que hacen todos, pero así me gusta a mí mi pueblo.
Cuando más me gusta es en verano. La gente siempre saca sus sillas al caer la tarde y se sientan a la puerta de sus casas a comentar como ha ido el día y que si tal y que si cuál, y mientras las abuelas tejiendo y los hombres jugando al tute o a la brisca, eso si alcanzan a llegar antes del anochecer después de terminar sus faenas del campo. Pero algo que siempre recordaré con mucho cariño es el regado del suelo para estar más frescos, ya que aquí en verano el calor es cosa del demonio, parece que Pedro Botero haya abierto las puertas del infierno y el calorcillo suba hasta nuestro pueblo. Pues siempre antes de sentarse, madre coge los cubos de agua y riega con método el suelo alrededor de la puerta, allí justo dónde van a sentarse ella con la “agüela” y con nosotros también, y lo mismo hacen doña Pilar y doña Carmencita, las vecinas de ambos lados y también doña Benigna y doña Teresa y doña Gertrudis, las vecinas de enfrente. Y así nuestra calle queda toda mojada y el olor a mojado inunda todo dándonos el aviso de que ya estamos en verano y de que es la hora del descanso de la tarde. En esa época recuerdo que don Hipólito, el maestro, suele pasarse por las casas de sus alumnos, justo después de la hora de la siesta y nos trae unos deberes “veraniegos” como él dice, y que son muy fastidiosos, pues la mayoría son sumas, restas y divisiones o bien análisis de palabras. ¡Y es que a mí nunca me ha gustado estudiar! A mí me gusta salir con mis amigos a correr y alejarnos del pueblo hacia al río. Allí nos desnudamos y nos pegamos unos buenos chapuzones, pero siempre vamos los chicos, ya que a las chicas no las queremos ni en pintura. A veces madre nos pone media hogaza de pan y un chorizo, de aquellos de picantillo, y una bota llena de agua. Pero siempre nos recuerda que una vez hayamos comido no volvamos a meternos en el agua hasta dos horas después, para así hacer bien la digestión, según ella, pero creo que es porque así está más tranquila de que no nos ahogaremos. Pobre mamá como nos quiere. ¡Que buena es madre!.
Pero a veces también hay cosas malas en el pueblo, sobretodo en otoño. El otoño como estación es muy bonita, pero no me gusta porque es la época de la matanza y me da mucha lástima del pobre puerquito. Una vez me regalaron un cerdito muy “rebonitico” al que Miguelito y yo bautizamos como Castañuelo. Fuimos nosotros quienes lo cuidábamos le dábamos de comer y jugábamos con él. Hasta que un año se hizo mayor y según mi padre ya estaba en su punto de carnes, ya no podría dar más.
--. A este puerco ya le ha llegado su san Martín ---dijo mi padre---. Y dicho así lo cogió llevándolo a parte, fuera de la marranera, y lo tuvo tres días separado de sus compañeros puercos. Al tercer día nos pidió que lo ayudásemos, que ya había llegado el día del sacrificio. Le tocó a Castañuelo. ¡Ay madre, que dolor! Fue como si mataran a un amiguito. Miguelito y yo le rogamos por la vida de Castañuelito, pero mi padre impasible cogió el cuchillo y le pasó un paño.
--- Mirad muchachos, a ese cerdo ya hay que sacrificarlo, sino el año que viene se habrá acostumbrado y se engordará más de lo que debe, ahora está en su punto.
En eso llegaron don Ramón y don Félix, que ayudaron a padre a sacrificar a Castañuelo. Mientras ellos le cogían de las patas y lo sujetaban fuerte, madre le exponía la garganta al pobre Castañuelo, nosotros éramos los encargados de traer los barreños para recoger la sangre, sangre con la cuál después se harían las morcillas, los chorizos y demás embutidos. ¡Ay! Cómo gritaba el pobre marranito, parecía que nos llamase, que nos pidiese que le dijéramos a nuestro padre que no quería morir, que le perdonásemos la vida, que quería salir de allí corriendo y venirse con nosotros a jugar a la era... ¡Pobre Castañuelito! Padre no tuvo compasión y le clavó aquel cuchillo en la garganta. Aún gritaba más fuerte Castañuelo y se debatía y se regiraba, hasta que al final se quedó quieto, ya apenas respiraba pero su mirada parecía clavada en nosotros, en sus amigos que no lo habíamos ayudado en su peor momento. Por eso no me gusta el otoño. Prefiero el invierno. El invierno es terrible, hace mucho frío y es muy oscuro. ¡No, mejor lo pienso y tampoco me gusta el invierno! Solo cuando nieva si que es bonito. Entonces todos los chicos salimos a la plaza del pueblo y hacemos un enorme muñeco de nieve. Fernandito trae los botones del abrigo de su padre, Julito y Antoñito traen el viejo sombrero de su abuelo, aquel tan raído y tan viejecito. Mi hermano Miguelito y yo llevamos como casi siempre la escoba y la zanahoria y Aurelita una desastrada bufanda de su tío que se la olvidó un año que fue a visitarlos. Una vez terminado empieza la guerra de bolas de nieve, es divertido hasta que vienen los mayores y nos fastidian el juego con sus bolazos más grandes y que hacen mucho más daño.
Lo bueno que tiene el invierno es que trae la navidad y en mi casa la celebramos por todo lo alto. El día de noche buena compramos a los pastores un lechal que nos lo trae el mismo pastor ya muerto, ¡Afortunadamente! Y madre lo asa en el horno de la tahona y queda muy tiernecito y así “agüela” lo puede mascar, ya que siempre se queja de que al no tener dientes le cuesta mucho. Después de cenar cantamos villancicos y tocamos la zambomba en el pesebre montado en la repisa de encima de la chimenea, hasta bien entradas las doce de la noche que es cuando el párroco hace tocar las campanas y nos avisa que vayamos a celebrar la Misa del Gallo. ¡Que linda es la navidad! Y después viene fin de año y tras unos días de espera el día de los reyes magos, que es, claro, el día que a todos más nos gusta.
Así es mi pueblo, bonito como una postal de invierno, con su iglesia, su escuela, la policía el teléfono y ¡ah... se me olvidaba! Desiderio, su pregonero.

Propicios días.
Gilgamesh

2 comentarios:

Berries dijo...

GRacias por tu comentario, me sorprendio mucho. Seguire leyendo tu blog los relatos estan muy interesantes, eres muy talentoso.
Saludos,
Berries.

Gilgamesh dijo...

Muchas gracias por tu apreciación,Berries.
Siempre serás bienvenida a este humilde blog.
Saludos.
Gilgamesh