martes, 8 de mayo de 2012

Fútbol, Años 70 y Cromos

Muy lejos queda ya la década de los 70, cuando el fútbol era de otra manera, mucho más deportivo y menos negocio y dónde las oportunidades de ganar una liga no sólo se reducían a los dos equipos con más medios económicos para poseer a los astros del balón que despliegan su arte haciendo vibrar a sus seguidores. Eran otros tiempos, con jugadores competitivos formando equipo y en que las estrellas se veían arropadas por el mismo.
Hoy día el fútbol no me gusta en absoluto, es más, diría que nunca que me ha gustado el llamado deporte rey. Y lo que pueda hablar de ese deporte es más por la lógica que por el conocimiento o el interés. Mis únicos escarceos con el balompié fueron durante mi infancia, y no pasaron de ser los mismos que los de todos los niños: jugar con un balón, organizar partidos con los amigos y compañeros de clase y coleccionar cromos de los futbolistas de aquella época para intercambiar los repetidos con los compañeros, intentando conseguir los que no tenías sin hacer grandes desembolsos. Recuerdo que había dos maneras de obtener los cromos que te faltaban y que eran, como digo, cambiando uno repetido tuyo por otro repetido de tu amiguito o bien apostando cierta cantidad de cromos para acertar el número, par o impar, del dorso del cromo. Con este último método se llegaban a perder enormes fortunas (pulir, se diría en el argot de aquella época) en cromos repetidos. Mientras que con la otra forma, alternativamente cada muchacho iba pasando los cromos de mano en mano mostrándoselos al interesado que, a la vista de cada imagen iba desgranado, a modo de mantra, la palabra “tengo” o en algunos casos era “tengui”, para indicar que la foto del futbolista mostrado ya formaba parte de su colección. Si no era así, se solía exclamar un triunfal: “falta” o bien en la versión más intrínseca del argot de patio de recreo: “falti”. A veces se podía entablar un intercambio de negociaciones según la importancia del jugador, llegándose a intercambiar un cromo por varios, siendo el número de estos según el acuerdo adoptado por ambas partes, es decir, según la avaricia y las ganas del poseedor y del cambiador.
Lamentablemente no conseguí salvar ningún álbum de aquellos, que solían ser de Ediciones Este, y en los que pegaba los cromos con ilusión y pegamento y si no tenía ese pegante, entonces recurría a fabricármelo yo mismo con harina y agua. ¡Ah, qué tiempos aquellos! puedo exclamar melancólico, ya que hoy día no sé si los chicos usan aún ese sucedáneo de cola casera que con tanto ahínco fabricábamos los de mi época para no perder tiempo en ir a comprar otro pegamento, fuera de la marca Imedio, Boo, o bien Búho, mi preferido. Todavía vienen a mi mente aquellos cromos de los futbolistas de antaño, con sus poses agachadas con una mano tocando el césped o encima de un balón, o bien de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho. Recuerdo sus característicos peinados de la época (repeinados con raya lateral; despeinados totalmente o bien con la clásica melena setentera) y aquellos rostros tan de la calle, tan cotidianos y tan alejados de los cánones de los futbolistas de hoy. También sus uniformes llamarían hoy la atención, ya que eran bien arrapados y con el pantalón muy corto, muy por encima de la mitad del muslo. Asimismo también recuerdo algunos de aquellos jugadores que, convertidos en ansiados trofeos en forma de cromo, nos hacían suspirar para completar la colección. Algunos de ellos eran verdaderas estrellas de aquella época, tanto de Barça como del Real Madrid, mientras que otros pasaban un tanto más desapercibidos.
De todos ellos recuerdo por ejemplo a algunos del Barça: El inefable Cruyff, Reixach, Migueli, Rifé, Martí Filosía, Neeskens, Marcial, Costas, Sotil, De la Cruz, Reina o Sadurní como porteros, etc.
Del Real Madrid: Pirri, Juanito, Del Bosque, Amancio, Camacho, Santillana, Breitner, García Remón de portero, etc.
Del Atlético de Madrid recuerdo muy bien a Pereira, Ayala, Leiviña, Bermejo, Leal, Irureta, etc.
Y otros más como: Kempes (Valencia), Carrete (Celta de Vigo), Arrúa (Real Zaragoza), Rezza (Salamanca), Muñoz (Salamanca), Tonono (Las Palmas), El Gran portero Iribar (Athletic de Bilbao), Valdez (Valencia), Amiano (Español) Eusebio y toda una enorme pléyade de jugadores, los cuales me habrán de disculpar pero ya no alcanzo a recordar. Si alguien tiene nombres de jugadores de aquella época (años 70) sería bueno que dejasen un comentario citándolos, se lo agradecería.
Como ilustraciones le dejo algunas imágenes recogidas de Internet de algunos jugadores y la portada del álbum de la liga 74-75 con las fotos de Iribar, Ayala, Cruyff, Pirri y Arrúa. Que lo disfruten.
Gilgamesh.



Iribar y Cruyff
















Del Bosque y Kempes


















Pirri y Reixach















Neeskens y Breitner


sábado, 7 de abril de 2012

LA MISTERIOSA MOMIA DE LAS PEDRO MOUNTAINS

En una farmacia de Meeteetse, Wyoming propiedad de un tal Floyd Jones, se exponía a finales de los años 30 una curiosidad que llamaba la atención a todo aquel que la veía. Se trataba de una momia de extrañas y especiales características.
Siempre, cuando nos encontramos ante un hecho fuera de los contornos ortodoxos de la ciencia, se nos abren unas perspectivas que, muchas veces, van más allá de lo meramente increíble para alcanzar los umbrales de lo meramente imposible. La susodicha momia fue utilizada como elemento, aunque circunstancial por sus propias características, para documentar la existencia de una humanidad remota y de diferentes rasgos a la nuestra. Me estoy refiriendo a la momia de las Pedro Mountains, también llamada la Momia del Enano de Wyoming por unos e incluso la momia extraterrestre de Casper por otros.
¿Qué tenía de particular esa momia? Veamos su historia.
Fue en octubre 1932 cuando Frank Carr y Cecil Main, dos buscadores de oro, estaban haciendo unas prospecciones en la cordillera de las Pedro Mountains a unos 96 kilómetros de la población de Casper en Wyoming, Estados Unidos. Estaban trabajando en el barranco de la cordillera, formado por paredes de granito y se habían topado con una veta más dura de lo acostumbrado. Usando una carga mayor de dinamita volaron un pedazo de esa pared de granito sólido. Así fue como divisaron que se había abierto una oquedad en la pared que mediría unos 120 cms de ancho por otros tantos de alto y unos 4’5 metros de profundidad. Al adentrarse pudieron comprobar que a todas luces aquella cueva estaba excavada artificialmente. Pero lo que más les asombró fue el encontrar en su interior un pequeño cuerpo de aspecto humano, dispuesto en un anaquel tallado en la pared. Éste estaba con las piernas cruzadas y sentado sobre sus propios pies teniendo los brazos doblados sobre su regazo. El color de su apergaminada piel era marrón oscuro y su rostro, con algún rasgo simiesco, estaba totalmente arrugado. Incluso uno de sus ojos lo tenía semicerrado, como haciendo un guiño a sus descubridores. La momia tenía como tocado una especie de turbante, que posteriormente despareció y, según algunos relatos, su cráneo estaba cubierto con una sustancia gelatinosa y oscura (algo improbable si parecía llevar enterrada tantos siglos). El tamaño era extraordinariamente pequeño, unos 35 cms de altura y su peso rondaba los 340 gramos. La frente de la momia era baja, la nariz plana con anchos orificios nasales. La boca era muy ancha, con labios pequeños y estirados, como en una sonrisa perdida en el tiempo. Los buscadores sacaron la momia con cuidado y la envolvieron con una manta para trasladarla hasta Casper. Era un hallazgo extraordinario.
Cuando el Casper Tribune Herald dio la noticia del descubrimiento, enseguida se creó una enorme expectación alrededor de la momia. El propio autor de la noticia en el periódico señalaba, falsamente por supuesto, que la momia demostraba que las leyendas de los indios Crow y ShoShones tenían una base de verdad, ya que sus historias hablaban de un pueblo de enanos que vivían en las Rocky Mountains y la cordillera de las Pedro Mountains. Según las leyendas, estos enanos eran llamados Nimerigar y eran un pueblo muy agresivo que acostumbraban a disparar flechas envenenadas a los demás habitantes de la zona. (Esto me recuerda a los habitantes de un pueblo de enanos cercano a Campdevánol en Barcelona, que solían atacar a cualquiera de los habitantes de los pueblos cercanos tirándoles piedras y lo que tenían más a mano, pero esa es otra historia).
David Hatcher Childress (Technology of the Gods, Adventure Unlimited Press, Illinois 2000) citando a Frank Edwars, nos dice que éste asegura que el Departamento de Antropología de Harvard se pronunció declarando que no había ninguna duda sobre la autenticidad de la momia.
Como hemos dicho al principio, la momia, no sabemos cómo, acabó en la farmacia del susodicho Jones, donde se exhibía mientras éste contaba fantasías de lo más variadas a quien prestase pábulo a las historias fantásticas. Eso fue así hasta que a mediados de los años 40 la momia fue vendida a un tal Iván Goodman. Éste era un hombre de negocios local que pensó que la momia le serviría de reclamo para su negocio de automóviles. El cuerpo estuvo en poder de Goodman hasta 1950, año en que éste murió y pasó a manos de su nuevo propietario, un empresario de Nueva York llamado Leonard Wadler.
Fue en ese mismo año de 1950 que los científicos tomaron cartas en el asunto y expresaron su opinión. A instancias del Museo de Chicago, los doctores Rainer Zangeri, Dwight Davis y Paul S. Martin, encargado del departamento de Antropología, examinaron y radiografiaron a la momia. Las radiografías mostraban que el cuerpo parecía que se trataba de un niño deforme y enfermo cuando murió. Cuando la momia fue examinada por el jefe del Departamento de Antropología de Museo Americano de Historia Natural, Henry Shapiro. También coincidió con sus colegas de Chicago. Pero algunos autores atribuyen a Shapiro una harto dudosa declaración diciendo que la momia era de tipo y origen desconocido y que de ser humana no pertenecería a ningún tipo humano conocido hasta entonces. Recordemos que estamos hablando de la década de los 50, hoy día tenemos un parangón a esta historia, salvando las enormes distancias, con el descubrimiento, hace unos años, de los falsos restos del hombre enano de la isla de Flores.
La momia también fue examinada por el encargado del Departamento Egipcio del Museo de Boston, declarando que el cuerpo tenía la apariencia de las momias que no habían sido envueltas para prevenir la exposición del aire, pero que en realidad era un feto. Aun otro científico, Henry Fairfield, de la Wyoming State Hystorical Society, aventuró la suposición de que la misteriosa criatura podría ser algún tipo de antropoide desconocido que debía haber vagado por el continente americano hacia la mitad del plioceno (entre 3 y 5 millones de años) y la bautizó con el nombre de Hesperophiticus. El propio Fairfield describió la momia, afirmando que aunque enano, era el cuerpo de un adulto. Tenía la dentadura completa y bien desarrollada, la columna y las costillas estaban perfectamente desarrolladas también, al igual que los brazos y las piernas. Sobre la base de todo ello calculó que la edad de la momia al morir debía ser de unos 65 años.
También afirmó que la supuesta sustancia gelatinosa que cubría su cabeza eran restos de sangre y de cerebro congelados, y añadió que el ser había tenido una muerte violenta, ya que la cabeza de este estaba aplastada.
La ciencia estaba dividida, unos creían que era el cadáver reseco de un bebe deforme de alguna mujer india y otros creían a pies juntillas que pertenecía a una raza de humanos desaparecida. Aun otros pensaban en una falsificación hecha por los propios Carr y Main, los descubridores del cuerpo.
La cueva, según Hatcher Childress, también llegó a ser examinada, pero en ella no se encontró ningún rastro de actividad antrópica. No se encontraron ni relieves, ni utensilios de cerámica, ni grabados ni escrituras de ninguna clase. Tan sólo el anaquel en que se había sentado a aquella extraña momia.
Desde que la propiedad del cuerpo pasó a manos de Leonard Wadler al morir Goodman, nunca más se ha vuelto a saber de la momia, siendo su paradero desconocido, según el autor mencionado. Otros autores afirman que la momia se pudo examinar directamente de nuevo en 1979.
La realidad es esta, ¿Por qué siempre tienden a desaparecer estos extraños objetos fuera de lugar? ¿Quién metió la momia en esa especie de cueva? ¿Qué era en realidad la momia? ¿Un ser de otra humanidad remota y desconocida? ¿Un antropoide no clasificado todavía?
Ciertamente la respuesta al enigma nos viene por otro lado.
Según parece, a finales de los años 70, probablemente en 1979, la momia fue examinada y radiografiada de nuevo, según unos o re-examinadas las antiguas radiografías según otros. La cuestión es que fue en los años setenta cuando el Dr. George Gill, antropólogo de la Universidad de Wyoming, examinó las pruebas que tenía a mano de la momia, plausiblemente las radiografías, y concluyó que se trataba de los restos de un niño anencefálico, según publicó en 2003 el Casper-Star Tribune. La anencefalia es una deformación producida al no cerrarse correctamente un tubo neural durante el período de gestación. Esto provoca una importante falta de la parte frontal del cerebro, dejando expuesto el resto de la masa encefálica, es decir, al aire sin ser cubierta por hueso ni tejido epitelial. Obviamente los niños que nacen con este defecto suelen ser carecer de los sentidos básicos, amén de la cognición. Aunque en realidad los afectados de este defecto congénito no suelen pasar de sus primeros días.
Al final resultaron ser los restos, tal como afirmaban los primeros científicos que los examinaron, de un niño aquejado de una enfermedad y que murió prontamente. Tal vez un signo de mal augurio para las creencias de los padres de la criatura. Pero algunas preguntas quedan el aire: ¿Quién se tomó el tiempo y el trabajo de cavar una cueva en una durísima roca? (Recordemos que el granito esta formado principalmente por cristales de cuarzo y feldespatos, ya que pertenece a las llamadas rocas plutónicas, que son producto del lento enfriamiento del magma prístino de la formación de la tierra) ¿Quién se tomó el trabajo de hacer cincelar el anaquel para disponer encima la momia?
¿Quién se tomó el trabajo de disponerla al modo de enterramiento antiguo, sentada con los brazos cruzados? ¿Cuándo se hizo todo ello? ¿ Por que desapareció el cuerpo? Y para mí la pregunta más importante de todas, ¿Por qué no se le hicieron las pruebas del Carbono 14? En definitiva mientras no vuelva a aparecer la momia y se le hagan hoy día todos los análisis que corresponden, la puerta estará abierta a cualquier suposición.
Las ilustraciones corresponden a fotos de la momia y una de las radiografías, son las únicas que restan.
Gilgamesh